domingo, 16 de agosto de 2009

Feminicidios y sabor a injusticia en Cipoletti

En siete años fueron asesinadas diez mujeres. En ningún caso identificaron a los autores

Aunque en nada se parece a Ciudad de Juárez, tristemente famosa por las miles de mujeres asesinadas en sus calles polvorientas, en medio del desierto mexicano, Cipoletti también logró su fama por los crímenes de mujeres: con sólo cinco años de diferencia, en esa localidad ubicada en el nacimiento del Río Negro, se produjeron dos triples femicidios, un concepto creado por el movimiento feminista para definir los asesinatos causados por la violencia sexista. Y hubo cuatro muertes más.

Las hermanas María Emilia y Paula González, y Verónica Villar, de 24, 16 y 23 años, fueron violadas y asesinadas a disparos un domingo de noviembre de 1997 cuando paseaban. Por ese hecho fue detenido Claudio Kielmasz y la justicia rionegrina lo condenó a prisión perpetua por secuestro seguido de muerte, pero nunca le pudieron probar los homicidios.

En marzo de 2002, la tragedia se repitió: en un consultorio de análisis clínicos fueron ultimadas la psicóloga Carmen Marcovecchio (39), una paciente suya, Alejandra Carbajales (37) y la bioquímica Mónica García (30). Las ataron, las acuchillaron y las rociaron con ácido. Por este segundo ataque fue condenado a perpetua David Sandoval, considerado coautor del crimen.

En los dos casos, los detenidos no actuaron solos. Así lo creen la justicia y las familias de las víctimas. Los otros asesinos están sueltos. Y aún persiste en Cipoletti el temor que causa la impunidad.


EL PRINCIPIO DE LA HISTORIA. La tarde del 9 de noviembre de 1997 casi no soplaba el viento. Era una linda tarde en el Alto Valle patagónico y María Emilia González, estudiante de maestra jardinera, invitó a Paula, su hermana de 17 años, a caminar. El papá les prestó el Ford Falcon para que pasaran a buscar a su amiga, Verónica Villar, una estudiante de Agronomía.

Las jóvenes fueron hasta el barrio Magister, a la casa de Alejandra, otra amiga, para invitarla. Pero no estaba. Dejaron el auto ahí, tomaron por la calle San Luis y enfilaron hacia un circuito aeróbico que utilizan los vecinos para caminar. Alguien las vio cuando pasaron por la Circunvalación. Después, desaparecieron.

Esa misma noche los padres de las tres chicas empezaron una búsqueda desesperada. Nadie sabía donde estaban.

Las tres mujeres fueron encontradas el 11 de noviembre. Toda la comunidad se involucró en la búsqueda.

No las encontró la Policía rionegrina. Fue Ámbar, la perra manto negro de Dante Caballero, un vecino, que las halló a las 9.30 del martes, a unos cuatro kilómetros del pueblo.

La perra encontró a Verónica Villar. Tenía las manos atadas con los cordones de sus zapatillas y estaba amordazada con un pañuelo. Cerca de ella estaban sus amigas, semienterradas en Los Olivillos, una arboleda de frutales, a unos 200 metros de la calle por la que habían caminado.

Verónica fue asesinada con un corte en la garganta y a golpes. María Emilia tenía un tiro en la cabeza a la altura del oído. Paula Micaela dos: uno en el centro de la espalda y otro en la cabeza. Las hermanas también estaban atadas y amordazadas.

Más tarde, los estudios forenses determinaron que habían sido previamente violadas. Los peritos descubrieron, además, que el lugar del hallazgo, no fue el del crimen: a las tres mujeres las mataron y luego las arrojaron en Los Olivillos.


PUEBLADA. Apenas se supo del crimen, los negocios de Cipoletti cerraron. El Municipio declaró asueto. No hubo actividad en la facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional del Comahue, ni clases en las escuelas primarias y secundarias. Esa misma tarde una multitud pidió justicia en las calles de la ciudad.

El 12 de noviembre, 25.000 personas fueron al entierro. Domingo a domingo, los cipoleños marcharon. Al año, 35.000 personas caminaron por la ciudad, y un grupo apedreó la comisaría Primera.

La reacción popular tuvo un porqué. El juez Pablo Iribarren quiso resolver el caso rápidamente, pero lo único que hicieron los policías que colaboraron en la investigación fue detener al elenco estable de delincuentes de la zona, que rápidamente fueron liberados. Esos efectivos fueron luego echados de la fuerza.

Al año del crimen estaban detenidos dos imputados. Claudio Kielmasz, se entregó solo: aportó el arma con que habían matado a las chicas. Pasó de testigo a imputado. También arrestaron a Guillermo González Pino, un vendedor de autos.

Al primero la justicia lo condenó a prisión perpetua. A González Pino, a 18 años, pero después fue absuelto por falta de pruebas.


REPUDIO Y DOLOR. "El encubrimiento político, policial y judicial está latente. Es el emergente de este caso", dijo Ofelia Mosconi de Villar, mamá de Verónica, al cumplirse once años del crimen.

Los familiares de las víctimas están convencidos de que el crimen no pudo haberlo cometido un solo hombre. Creen que hay asesinos sueltos.

"No se esclarece por esta complicidad", aseguró la mujer. Esa complicidad es la que garantizó la impunidad en ese primer triple crimen.

"Estamos viviendo un alto grado de terror. Además de fobias, padecemos tensión y angustia. Estamos durmiendo con el enemigo", dijo una vecina de Cipoletti al diario Río Negro durante una marcha por justicia, al describir lo que viven los habitantes de esa ciudad después del segundo triple crimen (ver aparte).


Ataque sangriento en un laboratorio

Parecía imposible. Pero en marzo de 2002, el femicidio se repitió. Esta segunda vez el triple crimen de mujeres fue en un laboratorio y las víctimas fueron la bioquímica Mónica García, la psiquiatra Carmen Marcovecchio y la paciente Alejandra Carbajales. Ketty Bilbao, otra paciente de 71, sobrevivió al ataque. Las tres fueron asesinadas a puñaladas y el matador las roció con ácido acético. David Sandoval, fue detenido, absuelto en un primer juicio y condenado a perpetua como "coautor" en un segundo debate. Por ese femicidio también hay asesinos sueltos.

A las 20 del 23 de mayo, un joven de entre 20 y 30 años entró al laboratorio "Lacyb", ubicado en 25 de Mayo y Roca, en pleno centro de Cipoletti y cerró las puertas con llave.

Ese hombre ató a las cuatro mujeres que había en el lugar. Las apuñaló y asesinó a tres de sus víctimas de 60 puñaladas. Además, disparó contra una de ellas y las roció con ácido que encontró en el lugar.

Carbajales fue degollada y murió en el acto; García recibió cuatro puñaladas y quemaduras en la cara. Falleció en un hospital. Marcovecchio recibió diez cuchilladas y murió instantes más tarde.

Bilbao, la sobreviviente, fue herida a balazos, golpeada y lastimada con ácido.

Cipoletti volvió a conmocionarse. Poco después fue detenido David "El loco" Sandoval, un lavacoches que en 1992, cuando tenía 16 años, había permanecido alojado en un instituto de menores por robos reiterados. Además, su nombre figuraba en el registro de los pacientes que atendía Marcovecchio en un consultorio.

Fue juzgado por los crímenes y en 2004 lo absolvieron por falta de pruebas. Pero el Superior Tribunal de Justicia, debido a las contradicciones en las pericias, anuló ese fallo y en otro juicio, en 2007, lo condenaron a prisión perpetua como partícipe necesario del triple crimen. Luego sumó otra causa por la violación de un menor.



domingo, 9 de agosto de 2009

Ronnie Biggs, el cerebro del “robo del siglo”

Con su banda asaltó un tren y huyó con más de U$S 65 millones. Hoy espera el final


Rápido, certero y millonario. Esas tres cualidades reunió el asalto al tren postal que llevaba dinero bancario de Londres a Glasgow, en Gran Bretaña. Hace exactamente 46 años, el 8 de agosto de 1963, 15 hombres detuvieron el convoy, desengancharon la locomotora y se llevaron 120 bolsas con 2.631.784 libras esterlinas, el equivalente actual a 67,5 millones de dólares. Casi toda la banda cayó en poco tiempo, entre ellos, Ronald "Ronnie" Biggs, el "cerebro" del plan. Pero ese robo fue sólo el inicio de su leyenda: se fugó de la cárcel saltando desde un paredón hacia un camión. Vivió prófugo. Se cambió la cara con cirugía estética y vivió en Brasil hasta sus 72 años, cuando, gravemente enfermo, se entregó y fue encerrado en Inglaterra. El viernes, el gobierno británico lo indultó porque está al borde de la muerte (ver aparte). Ayer, en su cumpleaños número 80, Biggs no pudo cumplir su último deseo: "Entrar en un pub de Margate, como un inglés, y pedir una pinta".

EL ROBO DEL SIGLO. Eran las 0.10 del 8 de agosto de 1963. Un camión y una camioneta cargada con 15 hombres vestidos como militares salían de la granja de Leatherslade. Manejaron en silencio durante una hora, hasta alcanzar el puente de Bridego, a 65 kilómetros de Londres. Allí esperarían el tren postal de Londres. No llevaban armas. Eran ladrones, pero pacifistas.
Ronald Arthur Biggs estaba al mando de la banda. Esa noche de verano inglés estaba a punto de dar el golpe que había soñado desde 1949, cuando en la cárcel de Lewes, en Sussex -donde estaba encerrado por intentar robar un comercio y desertar del ejército-, un ex empleado del correo con el que compartía la celda le contó que los bancos transportaban su dinero en trenes que no tenían vigilancia. Habían pasado 14 años de esa charla. Al quedar libre, Biggs se mudó a Surrey, se casó y puso una carpintería. El sueño del gran golpe y la carrera del ladrón parecían haber quedado sepultados. Pero cuando nació su hijo Ronnie viajó a Londres para darle la noticia a su padre, y en el camino se cruzó con Bruce Reynolds, un ex preso que conocía de la cárcel de Wormmwood Scrubb. Compartieron unas cervezas y recordaron que los unía un sueño: robar el tren de la capital británica. Tres años más tarde Reynolds le ofreció a su amigo dirigir el golpe, para el que ya había reclutado a tres ex presos: Buster Edwards, Jim White y Roger Cordrey. La cabeza de la banda estaba formada. Luego buscaron más hombres y Gordon Goody los ubicó en la granja de Leatherslade, cerca del objetivo.

EL TREN. Como el 5 de agosto había sido feriado bancario, el vagón postal saldría de Glasgow, Escocia, lleno de dinero. Poco antes de partir hacia el punto de encuentro sobre el puente, un informante de Glasgow telefoneó a Goody y avisó: "El tren salió de Escocia con más de 100 bolsas". El tren cumplió con la puntualidad inglesa. A las 3.15 Roger Cordrey vio el tren desde su puesto en el semáforo ferroviario y avisó por handy: "Ya viene. Buena suerte", tapó la luz verde y activó la roja con una batería de auto. La formación frenó de golpe y se detuvo sobre la señal. Cuando el fogonero bajó a inspeccionar la señal, Tom Wisbey y Robert Welch lo maniataron. Charles Wilson subió a la locomotora y golpeó al maquinista. El tren ya estaba tomado. Buster Edwards y Roy James desengancharon la locomotora y el vagón del dinero y obligaron al maquinista a manejar hasta el puente Bridego. Habían demorado sólo 10 minutos. En el puente cargaron las 120 bolsas en el camión. En la habitación principal de la granja los hombres contaron el dinero: habían robado 2.631.784 libras esterlinas, en billetes chicos, el equivalente a 67.500.000 dólares. Habían cometido el mayor golpe de la historia.


LA CÁRCEL
. Tras el robo, los banqueros y la Realeza estallaron de furia. La
Policía prometió capturarlos y ofreció una fuerte recompensa para quien los delatara. Por día, Scotland Yard recibía 3.500 delaciones. Pero una no fue falsa, y en pocas semanas la banda fue cayendo. Y Biggs con ellos. La clave para detenerlos fueron las huellas halladas en un juego de Monopoly que habían olvidado en Letherslade. Unos meses más tarde, los 15 hombres fueron condenados a 18 y 30 años y arrojados a la cárcel. El dinero nunca apareció. Ninguno de los miembros de la banda rompió el pacto.

LA LEYENDA
. Lo que hizo a Ronnie Biggs legendario fue lo que ocurrió después: no estaba dispuesto a pasar la vida en prisión y tras permanecer 15 meses preso, escapó.
En julio de 1965, Ronnie sorteó algunos controles de la cárcel de Wandsworth y alcanzó una ventana, la rompió y se arrojó al vacío. Todos creyeron que se había suicidado, pero tenía todo planeado: abajo lo esperaba un camión sin techo, con una pila de colchones que amortiguaron la caída. Allí empezó su peregrinaje de prófugo: huyó a Francia, donde se hizo una cirugía estética y consiguió documentos falsos. Estuvo en Australia, y se cree que cruzó el océano Pacífico hacia Chile, pasó por Bolivia y creen que también por la Argentina. Terminó en Brasil, donde se juntó con una bailarina, tuvo un hijo y vivió hasta 2001. Las leyes brasileñas le dieron impunidad, porque impiden la extradición del padre de un niño nacido en ese país. Para mantenerse, hizo publicidad para una marca de alarmas, cantó para el grupo punk Sex Pistols en la canción No One Is Innocent (Nadie es inocente) y para los alemanes Die Toten Hosen. Derrotado por la enfermedad, Biggs volvió al Reino Unido. Hacía frío la mañana del 7 de junio de 2001, cuando el jefe de crímenes de Scotland Yard subió al avión que acababa de aterrizar y preguntó a un hombre escuálido: "¿Es usted Ronald Arthur Biggs?" Sin poder levantarse del asiento ni hablar, Biggs dijo sí con un movimiento de cabeza. Habían pasado 38 años del asalto al tren postal Glasgow-Londres y volvía a morir a su país.

A los 80 años y al borde de la muerte,
recuperó la libertad por “compasión”


Dos días antes del cumpleaños de Ronald "Ronnie" Biggs, el ministro británico de Justicia, Jack Straw, le concedió el jueves la libertad, por motivos de compasión por el precario estado de salud del detenido, que ayer cumplió 80 años. "Las pruebas médicas claramente muestran que el señor Biggs está muy enfermo y que su estado se ha deteriorado recientemente, lo que ha culminado en su reinternación en el hospital. No se espera que mejore su estado", explicó Straw. Y concluyó: "Por ese motivo, le concedo al señor Biggs una libertad compasiva basada en razones médicas". El 28 de julio pasado Biggs fue internado con una neumonía severa en un hospital cercano a la prisión de Norwich, en el este de Inglaterra, donde estaba alojado, y los médicos lo creen al borde de la muerte. El pasado 1 de julio, Straw le había negado la libertad porque no se arrepentía del robo, pero esta semana se apiadó del ladrón. Biggs quedó en libertad el viernes. El hijo del delincuente, Michael Biggs, celebró la decisión y dijo que esperaba que su padre "sobreviva lo suficiente para ver sus 80 años el sábado (por ayer)". El abogado de Biggs, Giovanni Di Stefano, dijo que su liberación no es una victoria. "Este hombre está enfermo, va a morir. No irá a ningún pub ni a Río, se quedará en el hospital". La explicación del cambio de opinión del Gobierno es clara para él: "Lo liberan porque se muere".

domingo, 2 de agosto de 2009

El “Gordo” Luis Valor: un especialista en golpes a blindados y bancos que no se retiró

Lideró una superbanda y se hizo famoso al fugarse. Pasó 16 años preso y volvió a caer

Sus primeros pasos en el delito fueron a principios de la década del setenta, cuando tenía 20 años y se dedicaba a robar autos. Cayó preso por eso en 1975 y pasó cuatro años en Olmos. En el '81 volvió a caer por asalto a mano armada y después de recuperar la libertad en 1984, Luis "El Gordo" Valor comenzó el camino que lo llevaría a convertirse en el líder de una superbanda y uno de los ladrones de bancos y camiones blindados más famoso del país. En 1992 lo detuvieron en Entre Ríos y en 1994 se huyó de Devoto disfrazado de médico. Ese escape quedó filmado y lo llevó a la fama. Volvió a caer y desde 2007 estaba libre por el "dos por uno". Esta semana, en una persecución hoollywoodiana, por quinta vez y a los 55 años, volvió tras las rejas (ver aparte).
A mediados de los '80, cuando la democracia recién había cumplido su primer año, Valor salió de la cárcel y se profesionalizó: se dedicó a asaltar bancos en golpes tipo comando, armado con ametralladoras y fusiles.
A la "superbanda" que lideraba se le atribuyen al menos treinta golpes a camiones blindados. Era una gran organización delictiva que estaba integrada por veinte ladrones estables y unos sesenta rotativos.
"No todos los robos los hicimos nosotros. No sé bien la cantidad, pero podría decir que hubo 25 hechos en San Isidro, 15 en Morón y 18 más en otros lugares. Si empezás a juntar debe haber más de cien hechos del 90 en adelante. Para atrás, hubo centenares. Empezamos a robar bancos y después nos metimos con los blindados. Hacíamos cinco por mes. A mí me endilgaron todos los robos", contó Valor al periodista Rodolfo Palacios en una entrevista.
En 1992 fue detenido en Entre Ríos cuando paseaba con su mujer. Pero su paso a la fama llegaría con el escape de Devoto.

LA FUGA. El 16 de septiembre de 1994 Luis Valor, su lugarteniente Hugo "la Garza" Sosa, Emilio Nielsen, Julio Pacheco y Carlos Paulillo se escaparon de la Unidad Penitenciaria Nº2 de Devoto, del Servicio Penitenciario Federal.
La fuga fue a plena luz del día. Todo comenzó adentro, cuando los cinco hombres sorprendieron al secretario del sector de hospital de la cárcel y a dos vigilantes, los desarmaron diciéndoles que el penal estaba tomado, que se fugaban y los encerraron en diferentes oficinas.
Luego se camuflaron con cuatro guardapolvos y las vestimentas de un guardiacárcel, y buscaron la salida. Disfrazados y con el camino allanado en el hospital, llegaron hasta la muralla externa, hicieron una soga de siete metros con sábanas y se descolgaron por la muralla de la puerta principal. Salieron a la calle Bermúdez, donde los esperaba un auto en el que huyeron.
El escape fue filmado por un vecino. La fuga lo hizo famoso y acrecentó su leyenda.
Valor estuvo 244 días prófugo, hasta que el jueves 18 de mayo de 1995, en una redada comandada por el célebre jerarca de la Maldita Policía, el comisario inspector Mario "Chorizo" Rodríguez, fue detenido.
Los policías anunciaron oficialmente que fue capturado en Morón. Valor jura que ese allanamiento fue en Mataderos, en la Capital Federal.

EL ÚLTIMO BLINDADO. Tres días después de la fuga, el 19 de septiembre del '94, una banda fuertemente armada intentó asaltar un camión de caudales en La Reja, en Moreno. Pero los delincuentes mataron al sargento de la Bonaerense Claudio Calabrese. También murieron dos ladrones.
Ese día un grupo de delincuentes vestidos como operarios de Vialidad, cortaron un carril del Acceso Oeste e intentaron asaltar el blindado 086 de la empresa Tab-Torres.
Pero se enfrentaron con efectivos de la Brigada de Investigaciones de La Matanza, que en ese entonces comandaba el "Chorizo" Rodríguez.
Valor aseguró que les endilgaron el ataque porque uno de los muertos era allegado suyo. Y porque ellos eran una banda "importante" y se habían escapado de la cárcel.
El 12 de noviembre de 1999, la Sala II de la Cámara Penal de San Martín le impuso 20 años de prisión por el asalto al camión de caudales.

LA CÁRCEL. El 14 de abril de 2003, la Sala I de la Cámara de Apelaciones de Morón condenó a Luís Valor a 24 años de prisión por los robos a bancos ocurridos entre 1991 y 1992. También fue condenado a siete años por la fuga de la cárcel de Devoto.
Tras esa condena permaneció preso hasta 2007, cuando la Sala I de la Cámara de Apelaciones de Morón ordenó excarcelarlo porque esas condenas no estaban firmes.
Según la ley del 2x1, ya había cumplido 29 años de condena.


Pasó la noche medicado y no declaró
por los dolores que le dejó el choque


Luis "El Gordo" Valor fue detenido el viernes tras una persecución y tiroteo por el partido de Malvinas Argentinas. Ayer se negó a declarar: dijo que estaba muy dolorido para ser sometido a la indagatoria.
Su abogado defensor, Cristian Fernández Vargas, aseguró: "Valor no estaba en condiciones plenas de salud para iniciar la indagatoria, por lo que le solicitó a la fiscal una prórroga".
"Luis sufrió un fuerte golpe en la cara durante el choque provocándole una fractura en el paladar y la pérdida de dos dientes", contó el abogado.
"Ayer (por el viernes) personal médico de la DDI le dio calmantes y hoy (por ayer) dijeron que estaba en condiciones de declarar, pero cuando se le fue el efecto de los medicamentos él estaba en un grito de dolor", relató el letrado.
"Presentamos un escrito en el que indicamos nuestra voluntad de declarar, pero que por este momento era imposible, por lo que la fiscal ordenó la inmediata atención del cuerpo medico judicial y que se suministre la medicación necesaria", agregó.
Valor fue trasladado desde la DDI San Isidro, hacia la fiscalía de Malvinas Argentinas, a donde llegó en medio de un megaoperativo de seguridad encabezado por efectivos del Grupo Halcón de Bonaerense.
"El Gordo" iba a ser indagado al mediodía por la titular de la Fiscalía descentralizada de Malvinas Argentinas del Departamento Judicial San Martín, Liliana Tricarico.

LA DETENCIÓN. Luis Valor fue detenido luego que dos policías pretendieron identificar a los dos ocupantes de un Peugeot 206 gris metalizado que merodeaba una fábrica en el Parque Industrial de Malvinas Argentinas. La versión oficial dice que allí se originó un primer tiroteo.
El superintendente de Seguridad de Conurbano Norte, Salvador Baratta, dijo que "el personal policial quiso identificar a los ocupantes del auto, pero este hombre se resistió y empezó una fuga con otro sujeto que fue cubierta con disparos. Todo terminó en el country Los Olivos Golf Club".
Durante la fuga, Valor y su cómplice subieron por la ruta Panamericana hacia la zona norte, hasta la ruta 26 y, luego, retomaron hacia Pablo Nogués. La persecución se extendió por cinco kilómetros: el auto bajó de la autopista por calle Los Olivos y fue al country.
Valor entró al barrio, atravesó las canchas de golf y se estrelló contra un árbol. Bajó corriendo y fue atrapado.
Los policías hallaron dentro del auto dos pistolas calibre 9 milímetros, un revólver Magnum 357 con las vainas servidas en el tambor y una escopeta calibre 12.70.

domingo, 12 de julio de 2009

David Berkowitz - El Hijo de Sam, el tirador serial de Nueva York

Mató a siete personas. Fue declarado inimputable, pero está preso desde 1977
El tirador serial de Belgrano fue declarado inimputable. Los psiquiatras dijeron que era un esquizofrénico y los jueces lo enviaron al hospital neuropsiquiátrico Borda. Fue juzgado por cuatro ataques a tiros en la vía pública cometidos en poco más de un año, en los que mató a un joven e hirió a otras nueve personas. El proceso se produjo 33 años después de que en Nueva York, David Berkowitz, otro esquizofrénico, iniciara su serie de siete crímenes en ocho ataques callejeros, que también dejaron siete baleados. Ese tirador, que se dio a conocer como el Hijo de Sam en una carta que dejó tras un asesinato, tardó un año y medio en ser atrapado. Todavía cumple la condena a 365 años de cárcel.
Ríos fue enviado al Borda el 1 de julio pasado y su abogado dijo: "Mandamos a un loco a un loquero". Menos suerte tuvo Berkowitz.
El 10 de agosto de 1977 la policía de NY lo detuvo cuando salía de su casa de Yonkers. Reconoció inmediatamente que era el Hijo de Sam. Ese nombre lo había elegido él mismo: en el juicio aseguró que cumplía órdenes del perro labrador de su vecino Sam Carr. Dijo que el can estaba poseído por un demonio de 6.000 años y que con sus ladridos le ordenaba matar, porque necesitaba víctimas para sus sacrificios.

INICIOS. Los crímenes comenzaron el 29 de julio de 1976, pero recién con la cuarta balacera contra parejas, la policía neoyorquina advirtió que se trataba de un asesino serial.
El tirador de Nueva York atacaba a novios o dúos de amigas a los que sorprendía cuando permanecían estacionados dentro de sus autos. Disparaba sin mediar palabra. Les vaciaba el cargador de una pistola Charter Arms Special Bulldog calibre 44. Elegía a sus víctimas: mujeres morochas, bellas y jóvenes, de entre 18 y 20 años.
La seguidilla criminal de Berkowitz se extendió durante poco más de un año, entre el 26 de julio de 1976 y el 31 de julio de 1977. Asesinó a cinco mujeres y a un hombre -tras su detención confesó un crimen a puñaladas de una quinceañera cometido en 1975.
El primer atentado lo cometió alrededor de la 1 de la madrugada, cuando Donna Lauria de 18 años, charlaba en su auto con Jody Valenti, de 19. Estaban en la puerta de la casa de la mayor de las amigas, despidiéndose, cuando un hombre se acercó al auto sacó un arma de una bolsa y disparó. Donna recibió un disparo en el cuello y murió. Jody, de cabellera rubia, fue herida en la pierna.
Los testigos dijeron a la policía que habían visto un coche grande y amarillo que escapaba tras los disparos.

SAM’S CREATION. A las tres de la madrugada del 14 de abril de 1977, Valentina Suriani, de 18 años, se besaba con su novio, Alexander Esau, de 21, en un coche, en el Bronx. Berkowitz estacionó su auto al lado y les disparó. Murieron los dos.
Ese fue el sexto ataque y ya llevaba cinco crímenes. La policía sabía desde enero que estaba tras un asesino serial, pero con esa balacera el tirador se inventó un alias: Berkowitz dejó una nota para el jefe de los investigadores del caso, firmada como "Sam's Creation" (el Hijo de Sam o la Creación de Sam, en castellano).
El policía había declarado a los medios que el asesino serial odiaba a las mujeres y eso había ofuscado a Berkowitz. Pero al dejar la nota, el "Hijo de Sam" les había dado, además, un nombre a los medios.
Fascinado con la popularidad que tomó, Berkowitz envió poco después una carta al periodista Jimmy Breslin, columnista del Daily News, en la que, entre otras cosas, decía: "Sam es un tipo sediento. No me dejará parar de matar hasta que esté saciado de sangre".
Había nacido un asesino serial, con método, nombre y prensa.

CAPTURA. En julio de 1977 Nueva York estaba asolada por una ola de calor y un identikit del Hijo de Sam empapelaba las calles. Ese mes cometería su último ataque.
El 31 de julio Berkowitz asesinó a disparos Stacy Moskowitz, de 20 años, cuando su novio la llevaba a su casa después de ver una película en el cine.
Pocos días después Cecilia Davis fue a la comisaría y dijo haber visto al asesino. La mujer contó que mientras paseaba a su perro vio a un hombre que la seguía y corrió a su casa. Por la tarde había visto al mismo hombre, que se quejaba de una multa puesta a su coche, un Ford Gallaxy amarillo.
Los detectives de homicidios encontraron la multa y advirtieron que el coche estaba a nombre de David Berkowitz, de Yonkers.
La policía de ese distrito contó que el hombre estaba sospechado de enviar cartas anónimas a tres vecinos y de asesinar dos perros a tiros. Uno de los animales baleados pertenecía al jubilado Sam Carr, a quien acusaba de que su perro labrador lo volvía loco con sus ladridos. En otros anónimos acusaba a sus vecinos de ser parte de una secta demoníaca.
El 10 de agosto de 1977 lo detuvieron cuando salía de su casa, y admitió ser el Hijo de Sam.

FINAL. En el juicio, los psiquiatras dijeron que Berkowitz era un esquizofrénico paranoide y consideraron que era imputable. Pero el 23 de agosto de 1977 lo condenaron a 365 años de cárcel por los crímenes.
En una entrevista en la cárcel con un investigador del FBI, en 1979, Berkowitz se desdijo de la versión del perro-demonio. El agente concluyó que sentía placer al matar.
En 2002 cuando un juez lo entrevistó para decidir si le otorgaban libertad condicional, Berkowitz dijo que al cometer los crímenes era el soldado de un demonio encarnado en el perro labrador de Sam, que lo obligaba a asesinar mujeres jóvenes como sacrificio.

El tirador de Nueva York estaba fuera de la realidad.
En una situación similar describieron los psiquiatras a Martín Ríos, el Tirador de Belgrano: "No distingue entre estar jugando con una PlayStation y estar en la calle matando gente", concluyó el psiquiatra forenses Mariano Castex.

Los cuatro tiroteos de Martín Ríos

El 1 de julio pasado Martín Ríos fue declarado inimputable por el crimen de Alfredo Marcenac y otras once tentativas de homicidio. En su fallo, los jueces consideraron que el tirador serial de Belgrano "es un caso de libro": su esquizofrenia es lo único que puede explicarlo.
Ríos cometió cuatro ataques en la capital federal: a las 18.40 del 19 de julio de 2005, en Vidal y Olazábal, efectuó doce disparos con su pistola Bersa Thunder calibre 380 contra el interno 43 de la línea de colectivos 67. Hirió al chofer, Oscar Jorda, y a un pasajero, Fabián Augeri.
A las 17.10 del 2 de marzo de 2006, en Juramento y Cramer, disparó contra la vidriera del bar "Balcarce". Sabrina Sangio (17) recibió dos balazos. Realizó quince disparos.
El 16 de junio disparó 16 veces contra un tren del ex ferrocarril Mitre. No hubo heridos.
A las 16.30 del 6 de julio de 2006 tiró nueve balazos en Cabildo al 1700. Allí mató a Marcenac (18) de tres disparos y baleó a María José Álvarez, Martín Cristian Thiessen, Juan Pablo Arrate, Pablo Alberto Jagoe, Jorge Oscar Marchesotti y Diego Antonio Claros. Dos semanas después lo detuvieron.

lunes, 22 de junio de 2009

Carlos Robledo Puch: una carrera criminal de un año, con el récord de once asesinatos

Está preso desde hace 37 años. En 1972 se convirtió en el mayor asesino del país

A los 11 años robó golosinas en el kiosco de la escuela. Ese fue su primer delito y nadie lo atrapó. Ocho años después, Carlos Eduardo Robledo Puch iniciaría un raid criminal que lo convertiría en el mayor asesino de la historia criminal argentina. Bautizado por la prensa como "El Ángel de la Muerte", está en prisión desde hace 37 años. Fue detenido con 20 años recién cumplidos, acusado de cometer 11 crímenes en una seguidilla que se extendió entre el 15 de marzo de 1971 y el 3 de febrero de 1972, en la zona de Olivos. En 1980 fue condenado a prisión perpetua. "Algún día voy a salir y los voy a matar a todos", amenazó, al escuchar la sentencia. "Mi primer delito lo cometí a los 11 años: robé golosinas del kiosco de la escuela. Nunca me descubrieron", se confesó Robledo Puch el año pasado, en su celda de la prisión de Sierra Chica, ante el periodista Rodolfo Palacios. En 2008, pidió la prisión domiciliaria, pero los jueces se la negaron. Su último crimen fue en la madrugada del 3 de febrero del '72 y esa misma tarde la policía lo detuvo. Está preso desde entonces. Aquel niño rubio que los diarios de la época bautizaron como el "Ángel de la muerte", tiene 57 años, está pelado y vive en soledad, con la única compañía de una gata, en una celda del penal 2 de Sierra Chica.

EL ÁNGEL. Carlos Eduardo Robledo Puch nació el 22 de enero de 1952. Con su padre, un inspector de interior en General Motors, y su descendencia de alemanes, vivió en Tigre y Villa Adelina. A principios de los 70, Carlos Eduardo era un joven flaco, de cara aniñada y cabellera rubia rizada. Esa fisonomía fue la que sorprendió a los medios cuando lo atraparon y le imputaron 19 robos y 11 asesinatos. De chico, Robledo era inteligente, leía mucho y tomaba clases de piano. Sus amigos le decían "leche hervida", por lo calentón, o "el colorado", apodo que lo enfurecía. Ese carácter lo llevó a recorrer varios colegios. A los 15, por robar una moto pasó un tiempo la Escuela de Artes y Oficios José Manuel Estrada, un correccional de Los Hornos. En sus años de estudiante, Robledo conoció a Jorge Ibáñez, un rosarino dos años más chico que él, pero con más experiencia (robaba desde los 10), que más tarde se convertiría en su socio. Para el joven Puch, Ibáñez era un tipo libre. E1 10 de enero de 1970 Carlos Eduardo abandonó la casa de sus padres, nueve días antes de cumplir los 19 años. Quería festejarlo.

ONCE MESES
. "A los veinte años no se puede andar sin coche y sin plata", pensaba Robledo en 1970, cuando junto a su socio Ibáñez, inicia los once meses que lo convertirán en el "Ángel de la muerte". En septiembre, el dúo asaltó la joyería de Rachmil Israel Isaac Klinger, en Olivos y un taller de caños de escape. Empezaron a manejar plata: habían juntado $210.000. En enero de 1971 entraron en una concesionaria de motos en San Fernando. Los atracos eran con la misma modalidad: ingresaban por una ventana o haciendo un hueco en el techo, y Robledo llevaba el arma lista para eliminar al que se le cruce. El 15 de marzo de 1971 cometen el primer homicidio. Los socios entraron por una ventana trasera al boliche Enamor, en Espora 3285, de Olivos. El dueño y el sereno dormían. Robledo los liquidó sin que despertaran. El 9 de mayo, entran en una casa de repuestos de autos y Robledo le pega dos balazos al sereno y dos más a su mujer, que mientras agonizaba fue violada por Ibáñez. Escapan con 300.000 pesos y repuestos para el Fiat 600 en el que andaban. El 24 de mayo entran haciendo un hueco en el techo en el supermercado Tanti de Olivos. Robledo mata de un tiro al sereno. El 13 de junio, en un Ford Fairlane robado en Constitución, levantan a una chica a la salida de un boliche y la llevan para la Panamericana. En el camino, Ibáñez la viola. En plena ruta, Robledo la acribilló de cinco tiros por la espalda. Pocas noches después, Ibáñez quiso repetir: levantan otra chica, pero se resiste a la violación. Robledo la liquidó a tiros. El 5 de agosto, Robledo e Ibáñez circulaban en un Siam Di Tella por la avenida Cabildo y se estrellan contra otro coche. Ibáñez murió en el acto. Más tarde, se especuló que Robledo había liquidado a su cómplice y simuló el accidente. Nunca se supo. Había terminado la pareja en la que el muerto era la cabeza pensante y Robledo el ejecutor.

EL TIRO DEL FINAL. Por un tiempo Carlos Eduardo dejó las andanzas y volvió a estudiar. Su madre, contenta, le regaló un Dodge Polara. Pero el cambio le duró poco: Robledo empezó a frecuentar a su amigo Héctor Somoza y el 15 de noviembre la nueva pareja asalta el supermercado El Rincón, en Boulogne, donde Robledo acribilla al sereno. Al día siguiente, estrellan el Dodge contra un árbol: los criminales andaban en colectivo. El 17 de noviembre entran en una concesionaria de autos en Olivos y matan al cuidador. El 25 ingresan en otra, de Martínez, y ejecutan al sereno. El 1 de febrero entran en la ferretería Masseiro Hermanos, de Carupá. Robledo liquida al vigilador. Como no pueden abrir la caja fuerte, usan un soplete. Estaban en eso cuando Somoza abrazó desde atrás a Robledo, que se sobresalta y lo mata de un balazo. Después le quema la cara con el soplete, para borrar huellas. Saca el botín y escapa, pero se olvida la cédula de identidad en el bolsillo de su socio.

DETENCIÓN
. Con la identificación del muerto, la Policía llegó a la casa de Somoza. La madre les contó que su hijo andaba con su amigo "el colorado" Carlos Robledo, y los mandó para la casa de su familia, en Las Acacias al 200, de Villa Adelina. Carlos Eduardo Robledo Puch fue detenido el 3 de febrero cuando llegó inconcientemente en una moto y se encontró con una comitiva policial. Fue condenado en 1980 a pasar la vida en la cárcel y en el juicio confesó los crímenes. El escritor Osvaldo Soriano lo describió como el producto de "la apetencia arribista de algunos jóvenes cuyos únicos valores son los símbolos del éxito". Sea como fuere, "El Ángel de la muerte" se convirtió, en sólo un año, en el mayor asesino por cuestiones no políticas en la Argentina, superando, incluso, al mítico Petiso Orejudo.


“No he vivido nada”
Por Rodolfo Palacios*
Se siente un muerto en vida. Niega ser asesino. Dice que está solo en el mundo y que todos los días muere un poco. En sus delirios sueña con suceder a Perón del mismo modo que antes se presentaba como profeta de Dios. Llora a sus padres muertos y profetiza que al mundo no le quedan más de 20 años. Llegué a estar frente a Carlos Eduardo Robledo Puch después de tres años de insistencia. Siempre rechazaba mis pedidos de entrevista. En julio de 2008 cambió de opinión. “Te recibo porque admiro a Lanata”, me dijo en la cárcel de Sierra Chica. A Jorge Lanata, por entonces director de Crítica de la Argentina, le mandó dos cartas y hasta se postuló para ser columnista del diario. Durante los ocho encuentros que tuve con él (me anotó como “amigo” en la única visita que autorizó) en lugar de un monstruo descubrí a un hombre resignado a pasar el resto de sus días en la cárcel, donde los guardias lo llaman cariñosamente Carlitos. Está viejo y pelado. En su celda vive con su gata Kuki, escucha la radio y lee a Niezstche. Trabaja en un taller de carpintería, pese a que los jueces que le negaron la libertad argumentaron que no se capacita ni trabaja. “No he vivido nada”, me dijo una vez, entre lágrimas. Sospecho que tiene razón. Como escribió Osvaldo Soriano, Robledo Puch se aniquiló a sí mismo.

*Periodista del diario Crítica de la Argentina

domingo, 31 de mayo de 2009

Juan V. Corona, el predador gay mexicano

Violó y mató a 25 hombres en California en 1971. Usaba un machete como arma

Cuando los policías del pequeño poblado californiano de Yuba City comenzaron a cavar entre las plantaciones de duraznos, no podían creer la cantidad de cadáveres que había entre la tierra revuelta. Lo que unos días antes les había parecido un simple asesinato de un homosexual, en esa época de fricciones en la sociedad norteamericana, el 24 de mayo de 1971 se convirtió en una pesadilla: en una tumba colectiva encontraron 25 cadáveres. Eran tiempos de liberación gay en Estados Unidos, cuando nació la leyenda de Juan Vallejo Corona, un contratista mexicano de trabajadores para la zafra que los periódicos norteamericanos bautizaron "Machete Murderer" (el asesino del machete). Fue el más prolífico asesino serial yanqui y fue condenado a 25 cadenas perpetuas por violar y asesinar a machetazos a los hombres que contrataba.
Todo comenzó el 19 de mayo de 1971, cuando un granjero japonés encontró un pozo en el piso, como el de una tumba, mientras recorría sus huertos de durazno. Al día siguiente la policía desenterró el cadáver de Kenneth Whiteacre. La víctima, había sido apuñalada, tenía golpes en la cabeza y laceraciones en la nuca.

Con el cuerpo, los investigadores encontraron pornografía gay. Pero el movimiento homosexual que explotaba en las calles de San Francisco en esa época había molestado a la moral victoriana yanqui, por lo que el crimen no alarmó a Roy Whiteaker, el sheriff de Yuba City.

El verdadero hallazgo se produjo el 24 de mayo. Un trabajador encontró la tierra removida en una plantación y llamó a la policía. Extrajeron el cuerpo de Charles Fleming, un vagabundo del lugar. A unos pasos de su tumba improvisada, un uniformado encontró un sendero entre la vegetación, que llevaba a una enorme tumba colectiva. El 4 de junio los detectives terminaron de extraer cadáveres. La cuenta llegó a 25.

SERIAL. El caso saltó a las primeras planas de los diarios yanquis. Los especialistas no dudaron que estaban frente a una asesino en serie: todos los cuerpos tenían una misma "firma": signos de violación, los calzoncillos por los tobillos y los genitales expuestos.
La mayoría habían sido trabajadores migrantes o vagabundos, asesinados con un machete y golpes a la cabeza.


LA CLAVE. Apenas comenzaron a revolver la tierra en la fosa colectiva, los policías encontraron las pistas clave: un ticket bancario y unas notas de mercado de la ciudad, ambas a nombre de Juan V. Corona.
El contratista mexicano fue detenido. Los pobladores de Yuba City quedaron estupefactos de que el principal sospechoso fuera un hombre de familia, padre de tres nenas, devoto religioso que iba todos los domingos a misa, y que estaba inserto en la sociedad y tenía un pasar económico acomodado. Sin embargo, los investigadores colectaron rumores sobre algunas relaciones de Corona con gays, y supieron que en 1956 había sido diagnosticado de esquizofrenia y tratado con electroshock, que en esa época se los creían efectivos.
Con la poca información con la que contaba, la Justicia de California armó un mosaico de evidencia testimonial y llevó a juicio a Juan Vallejo Corona.

El mexicano fue encerrado en la penitenciaria de Corcoran, en California. En prisión, fue atacado en varias ocasiones. La última vez fue en 1999, cuando tenía 65 años y estaba tuerto por un ataque ocurrido en 1973.
Como sus víctimas, Corona había nacido en México, en 1934, y a principios de los 50 migró para trabajar en EE.UU. Hasta 1973 fue el mayor y más prolífico asesino en serie norteamericano, e ingresó en la selecta lista de chacales de ese país.

Una cadena perpetua por cada crimen
Juan Vallejo Corona fue condenado a 25 cadenas perpetuas tras un largo y tedioso juicio, en el que la principal discusión se centró en la evidencia forense y a su complicada y fallida recopilación.
Cuando el contratista mexicano fue detenido, no existía la tecnología actual de análisis de material genético, lo que complicó su enjuiciamiento.
Apenas fue detenido, Corona se declaró inocente. Sin embargo, los investigadores judiciales y policiales encontraron rápidamente testigos que habían visto a Corona con sus víctimas, en las fechas en las que fueron datadas sus muertes. Además, contaban con los tickets bancarios y notas a nombre del contratista.
En el caso del Estado de California contra Juan Corona, el jurado deliberó por 45 horas y lo encontró culpable de los 25 crímenes. En enero de 1973, el juez Richard E. Patton lo sentenció a 25 cadenas perpetuas.
Hasta la irrupción en 1973 de Dean Corll, conocido como "The Candy Man" (El Hombre de los Dulces), que mató y enterró 27 niños en Texas, Corona fue el mayor asesino en serie norteamericano.

domingo, 10 de mayo de 2009

Apuñaló al vecino, violó a su hija y le robó la tele y comida

Lo detuvieron, pero se cortó el cuello con un vidrio

Un hombre que había pasado 24 horas preso golpeó y apuñaló a un vecino y violó a su hijastra de 16 años en Villa Elvira. El ataque se habría producido en venganza por una supuesta denuncia por un robo. El agresor fue detenido tras un tiroteo, y al verse rodeado, se cortó el cuello con un vidrio. No está grave.

Todo comenzó a las 2 de ayer, cuando Oscar Fabián Martínez, “Panchito”, de 25 años, atacó a F.J. (se resguarda su nombre para preservar la identidad de su hija), de 69, en la puerta de su casa de 1, entre 92 y 93.
Martínez, que estaba acompañado por una mujer, atacó a su vecino y lo acusó de denunciarlo por un robo: “Me mandaste en cana”, dijo mientras entraba a los golpes en la casa de su víctima.
En el living de la casa apuñaló a Jerez en la pierna izquierda y lo noqueó con un golpe en la cabeza. Con su vecino semiinconsciente, Martínez atacó a su hijastra de 16 años, y ante la mirada de su madre, de 40 años, y sus tres hermanos menores, la violó.
Martínez abandonó la casa de su vecino con un televisor y comida. No huyó. Simplemente se fue a su casa, ubicada en la misma cuadra.
F.J. fue derivado al Policlínico San Martín, donde anoche se encontraba internado, aunque fuera de peligro, detallaron las fuentes.

UN DÍA PRESO. En la semana, Oscar Martínez había pasado 24 horas preso en la comisaría Octava.
Lo habían detenido el miércoles por “resistencia a la autoridad calificada”, pero el jueves recuperó la libertad. Fue “por orden de la fiscalía”, aseguraron fuentes policiales.

VENGANZA. El motivo del ataque sería por revancha. Martínez habría descubierto que su vecino fue quien lo denunció.
El 25 de abril pasado el agresor fue acusado por “robo calificado, pero “por falta de pruebas suficientes, el juzgado no había ordenado la detención”, detallaron fuentes de la investigación. Martínez tiene como antecedentes una detención en marzo de 2008 por "robo calificado y lesiones", y otra de octubre de ese año por "hurto calificado de automotor".

DETENCIÓN. A las 11 de la mañana Martínez fue detenido.
La policía, al mando del jefe del distrito, Agustín Vidal, rodeó la manzana. Cuando el agresor salió de su casa, atacó a tiros a los agentes y corrió. En 93, entre 1 y 2, se quedó sin balas. Estaba rodeado y cuando lo iban a arrestar, se cortó el cuello con un vidrio.
Anoche, estaba internado y detenido en el Policlínico, acusado de “robo calificado, lesiones y abuso sexual con acceso carnal”. Estaba fuera de peligro.